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Más allá de la discriminación: Importancia de la admisibilidad del caso Atala en la CIDH
- Claudia Sarmiento Ramírez
Ley de cuotas
Verónica Undurraga Valdés
El proyecto de ley de cuotas busca aumentar el número de mujeres en el Congreso. Como otras “acciones afirmativas”, esta iniciativa puede justificarse desde dos perspectivas. La primera es pensarla como una forma de compensar una discriminación histórica que ha impedido que las mujeres accedan a cargos de poder político. Bajo esa mirada, la marginación de la mujer del poder político se mira como un efecto de la discriminación pasada. En este sentido, lo que se busca es reparar esa injusticia y asegurar a las mujeres el goce pleno de sus derechos de participación. La segunda perspectiva, por el contrario, no mira a la discriminación pasada, sino que considera la marginación de la mujer de la política como una causa continua de desigualdades múltiples y sistémicas. El problema no se aborda como una injusticia hacia las mujeres, sino como un déficit del sistema político, un freno que está impidiendo construir la democracia participativa que el país urgentemente necesita. Es la propia idea de democracia universal la que en el tiempo ha ido desarticulando las exclusiones injustificadas. La marginación de las mujeres impide sostener que vivimos en democracia, si creemos realmente en el ideal que ésta representa.
Las mujeres no deben llegar al poder porque tengan virtudes especiales. Asociar a las mujeres a la honestidad, la empatía o la credibilidad es un arma de doble filo. Un estereotipo peligroso porque condiciona su derecho a participar. Habiendo pocas mujeres en el poder, el fracaso de una se transforma en un juicio a la capacidad de todas. Solo si hay un número importante de mujeres, cada una de ellas empieza a ser evaluada, como los hombres, por sus aptitudes personales. Y la democracia necesita el aporte de las personas hasta ahora excluidas para mejorar cualitativamente.
Las cuotas se critican diciendo que al poder deben llegar los mejores, cualquiera sea su condición o sexo, en este caso. Este argumento, inobjetable en teoría, desconoce los efectos de las desigualdades estructurales, que impiden que las personas talentosas, equitativamente distribuidas entre los dos sexos y en todos los grupos sociales, accedan al poder. Rawls, famoso teórico de la justicia, sostiene que el mérito no puede ser un concepto que funcione como una medida de la justicia del sistema. Por el contrario, solo en una sociedad sin grupos subordinados sabremos que quienes lleguen a competir por el poder están en condiciones de mostrar que son, efectivamente, las (y los) mejores.
La Segunda, 26 de septiembre de 2007



